MILHOJAS/Lic. Claudia Presno
“El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz” (Isaías 9,2).
Queridos hermanos, miles de años nos separan de estas palabras del profeta Isaías pero la fuerza de su contenido está aún vigente porque, aunque a veces en tinieblas, somos un pueblo que camina para encontrarnos cada día con Jesús que es “la luz del mundo” (Jn 8, 12).
Caminar es un verbo que contiene implícito un movimiento para dirigirse de un lugar a otro. También caminamos hacia metas que nos proponemos, sean proyectos personales, familiares, sociales, etc. Asimismo caminar encierra una dimensión espiritual pues cada vez que elegimos aunar antes que dividir, perdonar antes que encerrarnos en el rencor, levantarnos ante los fracasos, tener fe antes que ser indiferente… estamos recorriendo ese maravilloso camino hacia la Luz.
Con esta imagen de caminar en tinieblas el profeta Isaías hace referencia a una experiencia existencial del pueblo hebreo: ellos tenían la esperanza puesta en la venida del Salvador. Y si bien el momento en que esto iba a acontecer era un misterio, se preparaban cada día para ese acontecimiento; tanto la oración como las actividades que diariamente realizaban estaban orientadas a esta preparación. Tenían en el horizonte esta realidad, pero también pasaron por diferentes situaciones donde se distanciaron y olvidaron del Señor, a veces bajaron los brazos y se sintieron abandonados cuando las cosas no salían de forma favorable…
Nos detenemos en estos detalles porque son experiencias propias de nuestra vida espiritual. Nosotros también esperamos ese encuentro con Jesús y pasamos por momentos espirituales de confianza y desconfianza; de perseverancia y afloje; de acudir al encuentro del Señor y de distraernos… también caminamos en las tinieblas.
Cuando miramos a nuestro alrededor vislumbramos que hay tinieblas que surcan nuestra sociedad, como la falta de horizonte de tantos hermanos nuestros que se extravían en la soledad, el abandono, la falta de ganas de vivir… En estos últimos tiempos la guerra es una tiniebla que afecta a miles de inocentes y, a veces, es justamente nuestro corazón el que está en conflicto y carece de paz. También percibimos las tinieblas de la desconfianza en el Señor, nuestra fe se vuelve a veces sosa, rutinaria… Podríamos seguir detallando un sin fin de tinieblas… pero el profeta Isaías anuncia que los que caminaban en ellas vieron una gran LUZ.
Es la LUZ de la esperanza que percibimos interiormente moviéndonos a rezar y encontrarnos con el Señor; ella reaviva el amor manifestado en pequeños actos y el deseo de tener paz. Asimismo descubrimos un rayito de esa LUZ en los niños, que tienen frescura y nos renuevan; en los jóvenes que luchan por forjar un futuro mejor y eligen no rendirse; en tantos padres que con su testimonio trasmiten valores a sus hijos. La vemos en quienes ayudan a otras personas con desinterés y silenciosamente; en hombres y mujeres que por medio de su oración y su entrega dan testimonio del Evangelio.
Cada una de estas lucecitas son signos de Jesús que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Jn 10, 10). Él camina a nuestro lado, invitándonos a distinguir la luz de las tinieblas en nuestro corazón, en nuestras decisiones, en nuestros movimientos.
Recordamos las palabras del Papa Benedicto XVI que decía: “Para todos los pueblos vale la palabra de Cristo: ‘Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida’. Jesús es el sol que aparece en el horizonte de la humanidad para iluminar la existencia personal de cada uno de nosotros, y para guiarnos a todos juntos hacia la meta de nuestro peregrinar, hacia la tierra de la libertad y de la paz, en la cual viviremos por siempre en plena comunión con Dios y entre nosotros”.
Desde nuestra comunidad queremos hacerles llegar este mensaje de Navidad y ponernos a disposición para seguir acompañando a quien lo desee en el arte y trabajo de distinguir la luz de las tinieblas.
Institución Dalmanutá
